La experiencia de la desapropiación en la Espiritualidad Franciscana.

La experiencia de la desapropiación en la Espiritualidad Franciscana. 

la reinterpretación de la pobreza franciscana hacia el paradigma del sin propio.

Prof. Camilo Torres Collivadino

camilotorrescollivadino@gmail.com

La Plata, Buenos Aires, Argentina

Agosto 2026

En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, se nos presenta una oportunidad propicia para pensar algunos conceptos que resultan centrales en su propuesta para entender la vida, las relaciones interpersonales y el propio proyecto de vida. Esta reflexión no se limita para aquellas personas que se consideran católicas o que tienen cierta sensibilidad por los asuntos del cielo, sino que se ofrece como una reflexión para toda aquella persona con cierto interés por revisar el sentido último de la realidad e intentar encontrar un estilo de vida que le haga sentido con su propia singularidad.

Como segunda aclaración necesaria, hay que decir que la vida de san Francisco es una vida para estudiar, para valorar, quizá para admirar, pero no para imitar. (Cf.  Francisco, Christus vivit n. 162) Su vida responde a una época histórica, su estilo radical es el resultado de su experiencia de vida y sus opciones existenciales se adaptan a sus búsquedas, anhelos y necesidades. No queremos forzar aquello que vivió para hacerlo entrar en nuestra coyuntura. Pero sí creemos que aquellas enseñanzas que el pobre de Asís nos acerca son válidas para todo contexto cultural e histórico.

En tercer y último lugar, nos gustaría comenzar la reflexión señalando que la muerte de san Francisco expresa una vida vivida. Esto puede explicarse a partir de la expresión que utilizan Jon Sobrino y José Antonio Pagola, recogida por Michael P. Moore para la vida de Jesús, pero que se aplica perfectamente para el caso que hoy estamos analizando. Esto es: Francisco murió como murió porque vivió como vivió. 

La pobreza en San Francisco de Asís: una revolución para la Iglesia del medioevo.

Varios autores que pertenecen al mundo de la filosofía del lenguaje y de la semiótica señalan la compleja relación que existe entre lenguaje y realidad; realidad y lenguaje. No es tema de relevancia para esta reflexión, pero sí recogemos el hecho de que el lenguaje nos ayuda, y nos hace, pensar de una determinada manera. La forma en que entendemos el mundo está afectada por nuestro lenguaje; y, paradójicamente, el lenguaje afecta a nuestra forma de entender el mundo. Esta introducción, que podría juzgarse como desalineada con el tema central del texto, tiene una profunda relevancia para comprender más acabadamente la transposición histórica y cultural que debemos hacer de las propuestas del pobrecillo de Asís.

Cuando nos referimos a que la vida de Francisco fue una vida pobre, no debemos comprender esa opción vital con ningún eufemismo ni como ninguna metáfora. Francisco de Asís hizo una radical opción por vivir en la pobreza extrema y solo servirse de los bienes que la gente de buena voluntad les ofreciera a él y a toda la comunidad de frailes. En un contexto en donde la Iglesia ofrecía opulencias materiales y pobrezas espirituales, Francisco se siente interpelado por el crucifijo de San Damián y por los leprosos de su época, que desde lo hondo de su corazón lo invitan a un compromiso mayor con el pueblo. Renunciando a las riquezas que su familia le ofrecía, elige irse a vivir con los marginados, los excluidos y con la naturaleza que le permitía recordar su condición de hijo y de hermano.

En este punto es necesario destacar un elemento central: la naciente comunidad franciscana se presenta como una de las grandes órdenes mendicantes de la Edad Media. Pero ¿en qué se diferencia de las demás? Allí es donde la interpretación espiritual que nace del carisma de san Francisco cobra relevancia. La pobreza es uno de los tres grandes axiomas rectores del Evangelio: pobreza, castidad y obediencia. Enseñados por Jesús y predicados por san Francisco, son una opción vital que nos hace vivir desprendidos de lo material y conscientes de que todo lo que poseemos y tenemos es un don que recibimos.

Esto lo observamos con total claridad en la escena en donde Francisco se despoja de sus bienes y se los restituye a su padre. En palabras de Tomás de Celano:

«Quitándose también los vestidos, los devolvió a su padre. Ni siquiera retuvo los calzones, sino que quedó totalmente desnudo delante de todos. Entonces dijo a su padre: "Hasta ahora te he llamado padre en la tierra; de ahora en adelante podré decir con toda seguridad: 'Padre nuestro que estás en los cielos', porque en él he puesto todo mi tesoro y toda mi esperanza"». (Tomás de Celano, Vida primera, 1 Cel 15)

A diferencia de los carmelitas, los dominicos e incluso los agustinos, Francisco hace una opción por no aislarse del mundo. Elige vivir una pobreza en el mundo y con los pobres. No es llevar una vida pobre y austera, sino que consiste en vivir junto con los pobres siendo parte activa de la sociedad.

Esta opción existencial de Francisco no resulta para todos atractiva ni convocante. ¿Por qué deberíamos renunciar a nuestros bienes? ¿Acaso hay una romantización de la pobreza? ¿Existe un desprecio por parte de Francisco por los bienes materiales? Nada de todo eso. La vida de Francisco, como se señaló anteriormente, responde a un momento histórico particular, a un lugar concreto y a una realidad eclesial singular. Su vida sirve como motivación y como inspiración, no como reflejo para imitar. Por eso, se hace necesaria una permanente actualización temporal del concepto y, por sobre todas las cosas, una adaptabilidad para que esa convicción nos hable a cada uno de los que nos preguntamos por estas cuestiones.

En resonancia con lo anterior y quizá como contra-argumento, debemos señalar y no olvidar que la vida de Francisco fue tan revolucionaria que al poco tiempo pasaron de ser tres hermanos a ser más de cinco mil en pocos meses. Esto, sin duda, responde a una necesidad que el pueblo de aquella época en general y la iglesia en particular tenían y es el fiel reflejo de una vida que no estaba aportando sentido para los ciudadanos de a pie que no gozaban de los beneficios de los clérigos o de los grandes monjes que vivían en los lujosos monasterios. 



La actualización de la pobreza hacia el sin propio.

Actualizar no significa relativizar, sino que se trata de un ejercicio hermenéutico que nos permita comprender más acabadamente el sentido profundo de ese rasgo tan distintivo y que hace ochocientos años tomó esas características particulares en la vida de san Francisco. Dicho de modo más sencillo: no se trata de relativizar el estilo de vida de san Francisco ni de quitarle mérito. Tampoco consiste en justificarse apelando a que hoy sería imposible un estilo semejante de vida. Por el contrario, se trata de ir hacia las razones profundas, allí donde habla Dios y allí donde se encuentran las razones profundas de nuestra identidad.

Hablar de pobreza hoy en día resulta complejo. Aún más en la República Argentina, en donde la situación de las periferias existenciales se caracteriza por una vulnerabilidad desoladora. No hay expresión de mayor ruptura de lo humano que la vida de una persona sumergida en la pobreza estructural. En este contexto, pareciera que hablar de pobreza con todos los bienes necesarios para un buen vivir y contando con varios privilegios podría considerarse un desatino profundo. Por eso es necesario comprender que cuando nos referimos a la pobreza franciscana debemos entenderla junto con otros conceptos auxiliares que nos permiten superar estas dificultades de las que hablábamos antes. Puntualmente nos referimos en este punto a la minoridad y a la experiencia del sin propio.

Ser los hermanos menores representa todo un signo en sí mismo. Francisco se preocupa por que sus compañeros de camino vivieran en una actitud menor, de minoridad. Eso implica la renuncia a la búsqueda obsesiva de ser el centro, de tener el poder y de controlar todo. Nada nos aleja más de la experiencia de minoridad que la ilusión del control. Cambiar la permanente intención y deseo de satisfacer la necesidad de poder, de placer y de poseer sin mirar a quien está a nuestro alrededor por una que nos permita estar en lo último para poder mirar a todos. 

Es un concepto difícil de comprender porque no es una palabra que se utilice siempre. Lo peor que podemos hacer es confundirla con la falsa humildad o falsa modestia que por momentos inunda los espacios católicos. Pareciera ser que, por ser uno católico, no puede tener confianza en sí mismo o no debe reconocer en público sus dones y talentos. Curiosamente, nos puede ayudar en este punto santa Teresa de Ávila al señalar que la verdadera humildad es vivir en verdad (Las moradas, sextas moradas, capítulo 10).

El sentido profundo de la minoridad se termina de comprender, según como lo entendemos desde esta perspectiva, atravesado por la idea de la no apropiación. Por la profunda experiencia del sin propio; ese es el segundo rasgo de la pobreza que nos puede iluminar en nuestra reflexión.


La desapropiación franciscana.

Este tema tiene una profunda vinculación con la gratuidad de Dios. Todo me fue dado. Todo es don. Todo es regalo. El amor de Dios nos hace amables. Somos buenos porque Dios nos ama. Dios como amor gratuito e incondicional que se derrama irrevocablemente sobre toda creatura. 

Francisco fue radicalmente pobre para ser plenamente hermano y verdaderamente libre. Francisco no fue pobre como un fin en sí mismo, sino para ser libre. Para no estar apegado a nada. Para no tener nada que nos separe del otro. Los títulos, las cosas, los bienes nos separan. La gratuidad representa todo cuanto nunca será mensurable, contable, rentable, en el sentido estricto del término, pero sin esta gratuidad el hombre se autodestruye. 

Por tanto, toda apropiación es pecado y todo pecado esconde una apropiación. Dios no crea seres inútiles, todos tenemos un don. Pero hay que vivirlo como don. La restitución esta medida por el don de la fraternidad. Si entendemos que todo es don, si vivimos desde la gratuidad y desde la no apropiación, no queda margen para la utilización y la estigmatización. Nada me es apropiable. Pero no solo lo material. 

Sin embargo, esto no resulta del todo claro. Existen diversas formas de entender al ser humano y a las responsabilidades, derechos y atribuciones que tenemos como personas. No todos estamos de acuerdo con el lugar que ocupamos en el entorno que habitamos y mucho menos en cómo debemos o nos es conveniente relacionarnos. 

Podemos, a partir del pensamiento de Leonardo Boff, sistematizar lo que venimos diciendo a partir de dos paradigmas contrarios. El paradigma que entiende al hombre como dominus (señor o dueño) promueve un despotismo de la razón, un hiper-individualismo. Plantea la superioridad de unos por sobre otros y nos introduce en una lógica de superficialidad e instrumentalización. Al ser más, al ser mejor, creemos tener poder sobre los demás, sobre el entorno. Todo nos pertenece. Todo nos es permitido. El mérito se convierte en la única razón justificatoria de nuestro accionar y de nuestra conducta. Intuimos en este momento cómo esta postura comienza a estar radicalmente enfrentada a la visión de la desapropiación. 

Veamos esto mismo pero desde otra perspectiva. Podemos señalar que en el ser humano existen dos deseos que conviven entre sí. Por un lado, el deseo de autoafirmación que nos impulsa a alcanzar los objetivos que nos proponemos. A ser y a hacer lo que deseamos. Queremos definirnos y establecernos. Es la pulsión de vida que nos motiva a alcanzar nuestros objetivos. Podríamos señalar aquí que este deseo natural que nace del corazón del hombre no puede entrar en contradicción con el deseo de Dios (Cf. Michael Moore OFM) Sin embargo, este deseo convive con el deseo de integración. No queremos estar solos, no podemos subsistir por nosotros mismos. Es el deseo que nos impulsa a la convivencia armoniosa y a la formación de vínculos significativos. Las relaciones nos salvan y estamos hechos para la convivencia fraterna. Si Dios es padre, la forma de vivir nuestra condición de filialidad es viviendo como hermanos. 

Para que exista una vida humana que integre la totalidad de las dimensiones de la persona, es necesaria una armonía nunca estable, pero armonia al fin entre estos dos deseos. Sucede, por ejemplo, que en el paradigma dominus, existe una ventaja del deseo de autoafirmación por sobre el deseo de integración. Y esto genera vinculaciones poco estables y superficiales. La falsa creencia de que todo nos pertenece y de que somos más y que de todo lo que tenemos y alcanzamos es por nuestro mérito nos lleva a una expulsión del otro que nos molesta o que incluso puede llegar a alejarnos espacial o temporalmente de nuestros objetivos. 

Por su parte, el cambio paradigmático que podemos intuir desde Francisco de Asís y que Francisco de Roma sistematizó tan hermosamente en Laudato Si nos invita a entender al hombre desde la Ética del cuidado, la fraternidad universal, basados en sentimientos de pertenencia, integración, paz, diálogo. Este es el paradigma frater

No entendemos al hombre ya desde su individualidad, sino desde su ser comunitario. Soy porque somos. No podemos construir una identidad acorde a nuestra esencia si descuidamos nuestro ser familia. Desde esta lógica se nos propone un cambio de visión en el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el entorno. No todo nos es permitido, no todo nos conviene, no todo nos construye en equilibrio con nuestra esencia.

En este paradigma, el deseo de autoafirmación no se anula ni desaparece. Pero si se integra y se pone en diálogo con el deseo de integración. Soy porque somos. No podemos pensar en un proyecto personal que no contenga ni involucre al otro. El modo de vivir nuestra identidad y de construir nuestro sentido es incorporando al otro que está a mi lado. 

Podría parecer que lo dicho hasta aquí no guarda relación con el concepto de desapropiación que venimos abordando. Pero retomamos una de las frases centrales que nos permite entender la envergadura radical de la pobreza desde el paradigma del sin propio: la restitución esta medida para la fraternidad. 

Al no poseer nada, al no tener derecho de apropiarnos de nada ni de nadie, podemos intuir que todo lo que hacemos, todo lo que logramos, todo aquello por lo que trabajamos, todo aquello que conseguimos es una retribución al Padre que, en primer término, nos dío la vida. Esto no puede suceder si no es mediado por la fraternidad que nos invita a vincularnos con la otredad desde el paradigma de la integración y no de la anulación. 


La desapropiación del propio punto de vista. 

Pensar la desapropiación desde lo material resulta exigente pero fácil de comprender. Estamos frente a algo concreto, tangible y reconocible. Pese a los múltiples esfuerzos que hagamos por señalar que la pobreza entendida como la desapropiación no se vincula únicamente a cuestiones materiales, nuestras primeras interpretaciones siempre nos inclinan hacia esa postura. Podemos, en este apartado, desarrollar uno de los dos puntos en los que la desapropiación tiene implicancias para la vida cotidiana. En este punto nos referimos a la desapropiación del propio punto de vista. 

Eloy Leclerc nos relata ciertos momentos de la vida de san Francisco. Es un texto precioso. Se muestra a un Francisco sabio pero humano. Dolorido. Herido por la propia vida y por sus propios hermanos. Allí nos dice: ¿Puede un fundador aceptar que su obra continúe sin parecerse completamente a su sueño original?  (Eloy Leclerc, Sabiduría de un Pobre)

Recordemos dos escenas de la vida de Francisco que pueden ayudarnos a entender profundamente esto que estamos narrando. En un primer momento de su conversión, podemos leer cómo la transformación existencial de su vida llegó por los encuentros que tuvo con los leprosos. Señalamos aquí los encuentros, siguiendo a Michael Moore, ya que no se trata de un único episodio, sino que se trató de un proceso de más de cuatro años. En su Testamento Espiritual Francisco lo narra de esta manera: 

“El Señor me dio de esta manera el comenzar a hacer penitencia. En efecto, como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el señor mismo me condujo en medio de ellos y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me transformó en dulzura de alma y del cuerpo; y después de esto, permanecí un poco de mi tiempo y salí del siglo”

Esta narración es central por varios motivos. En primer lugar porque se observa que el rechazo de francisco hacia los leprosos tenía que ver con el pecado, y como señalamos antes, el pecado siempre esconde una apropiación. Pero más allá de ese punto, es bueno advertir que la iniciativa del cambio el propio francisco la atribuye al Señor. Esto puede incluir una consideración de fe irrebatible, pero entra dentro de la misma lógica de la que venimos hablando. Francisco puede cambiar, se puede convertir en una versión más auténtica de sí mismo porque logra dejar atrás una mirada que no le era propia. 

La desproporción es enemiga de la necesidad de control. Queremos controlar a los demás, queremos controlar los tiempos, queremos controlar los procesos, queremos controlar las decisiones propias y ajenas, queremos controlar nuestra propia historia, queremos controlar las leyes del universo. Se trata, por tanto, de advertir en el curso mismo de la historia que existen elementos que nos exceden y que no dependen de nosotros. Renunciar a la lógica de control no es desentenderse de los procesos asumiendo una postura estoica, sino más bien, es comprender que la historia continúa más allá de nosotros y que el universo es más grande que lo que nuestros propios ojos pueden ver. 

Como segundo ejemplo de desapropiación del propio punto de vista podemos señalar el momento histórico en que Francisco es expulsado de su propia orden. Esto no sucedió como un hecho concreto en un momento determinado. Sucede como un movimiento similar y un proceso semejante al que Francisco había vivido con los leprosos. Todo en la vida de Francisco se corresponde con procesos largos, silenciosos y, me atrevo a decir, dolorosos. 

Todo empezó en el valle del Rivotorto. Un pequeño grupo de hombres queriendo proponer un estilo diferente al que la Iglesia medieval acostumbraba, se van a vivir como ermitaños. Lejos de todos, cercanos a todos, practicando la fraternidad, la misericordia y la alegría. A los pocos meses eran cientos, a los pocos años, miles. Muchos se vieron convocados por ese estilo de vida. Muchos veían en Francisco a alguien a quien seguir cual maestro, cuál guía. Al ser tantos, se requirió de una estructura que los ordenara. Comienza así la sistematización de la Orden de Frailes Menores. La orden de los hermanos menores. Cada palabra ocupa un lugar central en la mirada que Francisco tenía de este grupo que estaba fundando .

Viaja a Roma a pedir permiso al Papa, escribe algunos textos de referencia y dos reglas. Da indicaciones concretas y marca el estilo de vida y de fraternidad que estaba pensando para su comunidad. Pero al ser tantos, los puntos de vista contrarios no tardaron en llegar. No interesa en este punto señalar cuáles eran las diferentes posturas que había en ese momento. Sí importa indicar con mucha precisión y con mucha certeza que la mirada de Francisco no fue la que prevaleció. Fue en ese momento en donde decide irse o lo invitan a retirarse al Monte Alverna, lugar donde finalmente moriría unos años después. 

En la Admonición 13 el propio Francisco dice: 

“dichosos los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios. El siervo de Dios no puede saber cuánta paciencia y humildad posee mientras todo le vaya satisfactorio. Más cuánta paciencia y humildad muestra el día en que le contrarían quienes debieran darle satisfacción, tanta tiene y no más” 

“¿Querés saber si un hombre es Santo? Contradecilo” es una de las traducciones posibles a nuestro lenguaje actual. Y eso fue lo que hizo francisco. Desapropiarse incluso de la propia obra que él había fundado. Pudiendo dar batalla para ser fiel al proyecto que él mismo había creado, decide renunciar a la pretensión de tener la verdad y de tener la razón. 

Insistimos aquí en un punto central. No se trata de abnegarse y de conformarse con lo que la realidad nos escupe. No se trata de tomar una postura pasiva y de no confrontación como si se tratara de ser pacificadores newage. Se trata de no resistir. Se trata de no violentar la realidad ni los procesos para que calcen en nuestras propias estructuras. Por más convencidos de que estemos, se trata de dar lugar a la posibilidad de que nuestro punto de vista no sea el correcto. No esperando a que los demás se confundan y vuelvan a nosotros diciendo “tenías razón” sino dando real oportunidad a que las cosas sucedan de forma distinta a como nosotros creemos que tiene que suceder. 

Muchos advierten que el final de la vida de Francisco, marcada por los estigmas, representa el dolor que estos acontecimientos de su vida le causaron. (Cf. Fernando Arrigoni) No debe existir dolor y frustración más grande que sentirse traicionado por sus propios hermanos a quien él tanto había amado. Pero no debe haber experiencia de mayor plenitud al lograr, como seguramente lo hizo al término de su vida, desapropiarse de esa mirada de víctimas y enemigos y observar la realidad como un todo complejo que involucra procesos mucho más amplios y abarcativos de los que nosotros mismos podemos contemplar. 



La desapropiación de la propia vida. 

Un segundo y último ejemplo que queremos recoger aquí sobre la desapropiación para la propia vida más allá de lo material nos llega a partir de la muerte de san Francisco

Nos cuenta San Buenaventura que pronto a morir, Francisco, “se postró totalmente desnudo sobre la desnuda tierra, dispuesto en aquel trance supremo a luchar desnudo con el desnudo enemigo” (Leyenda Mayor XIV, 3) y Celano lo narra de esta manera: 

“Así que los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadisimos compañeros a alabar con él a Cristo. El, a su vez, prorrumpió como pudo en este salmo: `Clamé al Señor con mi voz, con mi voz supliqué al Señor’, etc. Invitaba también a todas las creaturas a alabar a Dios, y con unas estrofas que había compuesto anteriormente él las exhortaba a amar a Dios. Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza, y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: "Bienvenida sea -decía- mi hermana muerte". Y al médico: "Ten valor para pronosticar que está vecina la muerte, que va a ser para mí la puerta de la vida". Y a los hermanos: "Cuando me veáis a punto de expirar, ponedme desnudo sobre la tierra -como me visteis anteayer-, y dejadme yacer así, muerto ya, el tiempo necesario para andar despacio una milla". Llegó por fin la hora, y, cumplidos en él todos los misterios de Cristo, voló felizmente a Dios”. (2 C CLXIII, 217)

Dos momentos de desnudarse marcan la Biografía de San Francisco. Uno, en la plaza de Asís frente a su Padre, al Obispo y a todo el pueblo. En donde renuncia a los bienes paternos y en donde anuncia públicamente su conversión de vida. Un segundo momento antes de morir. Esto nos indica que el inicio de su vida y el fin de la misma está marcada por un hecho puntual y profundamente significativo: la restitución. 

Francisco pudo vivir con tamaña libertad porque vivió radicalmente desapropiado y existencialmente convencido de que nada nos es apropiable. Ni siquiera nuestra propia vida nos pertenece. Todo es un devolver, todo es dar, todo es gratuito, todo nos es dado, todo nos fue confiado, nada nos pertenece. 

Desapropiarse hasta incluso de la propia vida no consiste en un desprecio. En un descuido, o en una negación simplista. Se trata de considerarla como un Don. Un regalo. Una oportunidad. Una ventana de tiempo que se nos regala. Un instante entre la nada y la eternidad que se nos confía. 

Francisco murió como murió, porque vivió como vivió. Murió desnudo, murió entregado, murió con sus dos hermanos de confianza. Murió en contacto con la madre naturaleza. Murió desapropiado hasta incluso de sí mismo. Y murió así, porque así fue su vida. Una vida entregada, una vida donada, una vida vivida. 


Y ahora… ¿qué hacemos?


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