¿Es el catolicismo una ideología nominalista?

¿Es el catolicismo una ideología nominalista?


El nominalismo, como corriente filosófica, propone pensar que a las realidades, a los objetos, a las cosas, a los entes, se les asigna un nombre por su semejanza entre sí. Es decir, no hay una esencia que indique lo que la cosa es en sí misma, sino que, agrupando a los objetos semejantes entre sí, se les pone un nombre o un símbolo, en el ámbito de la semiología, que nos permite identificar aquello a lo que nos estamos refiriendo.

Esta corriente de pensamiento medieval nos va a permitir pensar juntos si ser católico, en particular, o pertenecer a una religión, en general, consiste en poder nombrar una experiencia religiosa-trascendental y enmarcarla bajo los mismos nombres; o, por el contrario, si la experiencia de lo religioso trasciende y supera los nombres que como humanos le ponemos.

En un contexto en donde las religiones ganan protagonismo y crece el número de bautizados, esta cuestión es central. Porque nos invita a pensar qué es ser religioso, qué implica ser católico. Nos provoca en nuestros modos de vivir la religiosidad y nos convoca a seguir pensando si se puede ser católico sin creer en los nombres que se les atribuyen a las divinidades o si se puede prescindir de la institución —la Iglesia— que administra el monopolio de la nomenclatura. Dicho de forma más sencilla: nos preguntamos si tanta gente que dice no creer en Dios, en verdad es no creyente o simplemente no asume el nombre de Dios por descreer de ese concepto y no de aquello que el concepto intenta significar. Presentado desde una óptica positiva, queremos preguntarnos si tiene fe una persona que no llama Dios a la experiencia de lo trascendente, tal como se nos indica que debe llamarse.

Esta discusión nace en los pasillos de una escuela católica. Discutíamos sobre el anuncio explícito o implícito del Evangelio. Esto significa preguntarnos si es necesario, al momento de realizar actividades de Pastoral —es decir, del departamento de la escuela que se ocupa de organizar las experiencias religiosas—, nombrar a Jesús, a los Evangelios, a Dios, a María y a la Iglesia de forma explícita; o si, por el contrario, abordar, trabajar, rezar y vivir las propuestas evangélicas resultaba suficiente.

En este contexto, discutíamos sobre lo suficiente y lo necesario. Quizá nombrar a Dios sea necesario, pero no suficiente. O quizá, para el contexto actual, para suscitar una experiencia trascendental, era necesario no nombrarlo, justamente porque nombrarlo ya no era suficiente. Lo que no veíamos en ese momento es que no estábamos de acuerdo —o, por lo menos, no lo habíamos hablado suficientemente— sobre los objetivos que teníamos como escuela y como pastoral.

Aquí también existe una multiplicidad de interpretaciones. Algunos creen que el objetivo de una escuela católica es que los estudiantes descubran lo religioso, participen de los rituales, se consideren personas creyentes y puedan decir que creen en Dios. A eso se suma que tomen como criterios de vida y de acción los criterios del Evangelio. Lo que algunos llaman la propuesta del Reino de Dios: ser constructores activos de justicia, paz y alegría, en una realidad donde lo humano pueda ser valorado, sostenido y revitalizado.

Otras personas ponen el acento en la segunda parte. Es decir, no creen que sea procedimentalmente apropiado un anuncio explícito en primer término, sino que consideran necesario comenzar por la propuesta para luego llegar a lo nominal.

Algunos intentaban sortear esta dificultad señalando que lo verdaderamente importante es tener en claro la intencionalidad y la motivación por las que hacemos las cosas, y estar dispuestos a dar razón de ello ante nuestros estudiantes y nuestros pares.

El tema no está resuelto. En lo personal, me inclino a pensar que existe una necesidad individual por nombrar con cierta sencillez y facilismo las experiencias trascendentes bajo los mismos conceptos, anulando con esto el procedimiento natural del descubrimiento de Dios en el proceso individual de cada persona. Solo recordemos que, para poder presentarse como Padre, Dios primero tuvo que transitar miles de años bajo imágenes muy distorsionadas de sí mismo. La rapidez y la velocidad con las que se buscan suscitar procesos, y la imperiosa preocupación por que todos pongan el mismo nombre a la experiencia que se les está invitando a descubrir, no respetan el proceso personal que cada uno de nosotros tuvo que hacer para estar hoy donde estamos.

Ciertamente, la coyuntura actual de un despertar religioso no colabora con el espíritu de este texto. Se nos puede acusar de relativistas, de tibios e incluso de apóstatas. Pero cuando nos ponemos a analizar con rigor el surgimiento de lo que hoy llamamos Iglesia Católica, y cuando meditamos la vida de Jesús en la tierra, vamos a descubrir que mucho de lo que a nosotros nos preocupa son construcciones histórico-humanas que no guardan una relación necesaria con el nombre de Dios.

Es curioso descubrir que en el Antiguo Testamento se nombraba a Dios como Yahvé. Pero, por la profunda reverencia a su nombre, se lo llamaba Adonai. Con esto podemos preguntarnos: ¿no puede suceder que algo no sea nombrado, ya sea por temor o porque el concepto no alcanza a comprender lo que en verdad significa? Nuestra postura es clara.

Puede ser que la experiencia que constituye un sentido para nuestras vidas se haya revelado con este nombre. La dificultad de quienes nos identificamos existencialmente con esto es el agotamiento y el vaciamiento del concepto. Y esto es, en parte, consecuencia del uso político y hegemónico que hemos hecho de él. Los conceptos religiosos actuales sufren un desgaste y un vaciamiento profundo.

El desafío que nos toca como educadores y como actores centrales en la transmisión de la fe que hemos recibido es el de resignificar ritos, conceptos y prácticas que son históricas. Pero eso no vamos a conseguirlo si no asumimos que las experiencias son múltiples, diferentes y singulares. Y por más nominalismo que queramos obligarnos a utilizar, tenemos que entender que lo diverso no cabe en lo simple.

Los caminos son variados, pero el fin es el mismo. La experiencia llega en diferentes momentos, pero transforma siempre el corazón de quien se deja habitar por ella. Porque, como señala Benedicto XVI con mucha precisión, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona”.

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