Francisco
“Humano, hermano, revolucionario”
No murió, pero el deterioro de su salud me conmovió profundamente. Incluso, por momentos, me emocioné. ¿Algo así generó Juan Pablo II en la época previa a los años 2000? Nunca lo sabré porque no lo viví. Pero para mí, que soy católico, sin dudas el Papa Francisco es el primer y único gran pontífice de mi vida. Por eso prefiero empezar a despedirlo ahora, en vida. Porque su muerte me va a doler. Por temor a lo que puede venir y por miedo a lo desconocido. Pero, por sobre todas las cosas, prefiero anticiparme para darle reconocimiento (humilde y sin mucho alcance) en vida a una gran persona ya un gran profeta.
Es increíble y emocionante ver y leer cómo uno de los sectores más afectados por la salud del Papa Francisco, y que más se ha pronunciado pidiendo por él, son los sectores no creyentes y ateos de la sociedad. Esto puedo resumirlo en un tuit que leí en Twitter (nunca se va a llamar X para mí):
"Soy ateo y obviamente no sé rezar, pero a mi manera le pido a quien corresponde por la salud del Papa Francisco."
(@delaquinta2023)
Muchas personas, históricamente decepcionadas por la institución, hoy ven en Francisco a un líder que les permitió volver a confiar en ciertas expresiones que habían quedado muy lejos. Para un Papa, no hay mayor legado posible que acercar a millones de personas a Dios y al catolicismo. Bergoglio revolucionó la Iglesia. Pero no por enormes actos disruptivos. Sino por gestos que lo decían todo.
Algunos de sus rasgos más controversiales tienen que ver con el modo en que eligió vivir su papado: Francisco, como nadie, se enfrentó a la casta sacerdotal de Roma, y eso le costó mucho. Muchísimo. La limpieza en el Banco Vaticano, la remoción de curas cuestionados éticamente por controversias económicas, la reducción al estado laical de sacerdotes denunciados para que sean juzgados por la justicia ordinaria de cada lugar, la incorporación de mujeres a puestos jerárquicos dentro de la Iglesia, la opción por visitar países periféricos y abandonados, la mirada misericordiosa de Dios que nos propone, el cuidado de la casa común como eje central de su pontificado, el nombre elegido como una clara opción por los marginados y excluidos, su mirada sobre la comunidad LGTB+, que nadie pueda argumentar persecución ideológica por sostener cierta línea teológica, como sí lo fuimos algunos en otros momentos (y temo que volveremos a serlo)… y un extensísimo etcétera.
Algunos, incluso, nos atrevimos a cuestionar su accionar exigiendo más. Esperábamos mayor radicalidad en la reforma. Recuerdo, en una cena con amigos, debatir sobre este tema. Me preguntaron qué pensaba del Papa. Dije que tenía miedo de que muriera muy pronto y que esperaba que su papado fuera más radical en las reformas que la Iglesia necesitaba. En ese sentido, me sentí un poco decepcionado. Qué injusto. Qué ciego.
Nuestra época, caracterizada por la velocidad de los acontecimientos, nos impone una lógica de naturalización de procesos que terminamos comprendiendo como normales, espontáneos y comunes desde siempre. Pero el simple hecho de guardar el ropaje bordado con hilos de oro para implementar telas sencillas y sin mucha pompa es un acto político. Todos los hitos de Francisco y su ejercicio como obispo de Roma pueden parecernos naturales y ordinarios. Básicos. Sencillos. Obvios. Pero, mirando hacia atrás y a nuestro alrededor, no debería causarnos otra expresión más que la de un profundo agradecimiento.
Invito a no naturalizar ni simplificar enormes procesos que rompieron una lógica de poder para proponernos otra. Cambiar la asimetría injustificada por una asimetría que justifique el peso de su autoridad en la horizontalidad y en la escucha activa de todos aquellos que tienen algo para decir.
Francisco propuso un cambio teológico radical para la Iglesia del siglo XXI. Una perspectiva que invita a abandonar la relación de poder temeroso entre Dios y los hombres, y entre los mismos hombres. Eso también le costó caro. Un discurso teológico que sostuvo con su vida y con su ejemplo, incluso cuando no lo entendimos del todo. Vivir en Santa Marta y no en el Vaticano. Exponer al Banco Vaticano y su corrupción. Ser intolerante con los abusos de todo tipo. Recibir a quien quisiera encontrarse con él, sin distinción.
No sé qué pasará en el futuro. Hay especulaciones de todo tipo. Pero este hombre, este argentino, me mostró que otro modo es posible. Y eso es suficiente para tener esperanza en aquello, bueno o no tan bueno, que se nos presenta en el camino que aún falta por recorrer.
No son gestos para la tribuna. No es populismo de izquierda. No es modernismo barato. Es cabeza. Es inteligencia. Es escuchar y discernir los signos de los tiempos. Es tener un oído en el pueblo y otro en el Evangelio. Es ser argentino. Es ser jesuánico. Es ser persona. Es ser humanista. Es ser Francisco.
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