Las religiones en el Siglo XXI

LAS RELIGIONES EN EL SIGLO XXI

¿Deseo, necesidad o miedo silenciado?


Cuando me presento con mis estudiantes y les cuento un poco de mi, varias cosas les llama la atención. Obviamente no me lo dicen así, sería un poco extraño. Pero puedo verlo en la expresión de sus rostros. Por un lado, les sorprende que sea vegetariano. Cosa que en nuestro presente encuentro, no tiene ningún tipo de relevancia. La segunda cosa es que me presento como católico. Algunos ni lo registran, otros se sorprenden y algunos restantes se animan a hacerme preguntas.


Me acuerdo de una de las últimas clases que compartí con los chicos de 6to año en uno de los colegios en donde doy Filosofía. Mi computadora portátil tiene una calcomanía de una letra Tau que dice Paz y Bien. Me la regalaron en otro de los Colegios donde trabajo. A uno de los chicos le llamó la atención y me preguntó de qué se trataba. Le explique brevemente. Empezó una buena conversación sobre lo fundamentalista que era su familia en el terreno de la religión. Mi alumno, de unos 17 años, me contaba el rechazo que eso le generaba y las múltiples discusiones que había tenido con algunos miembros de su familia. Yo le expliqué lo que para mi era esencial de la religión. Por qué me hacen sentido algunos de los mensajes de Jesús de Nazaret y cómo, con fe o sin fe, podemos llevarnos alguna enseñanza importante. Quizá algún día escriba sobre eso.


Pero hoy quiero concentrarme sobre el hecho. El acontecimiento. Lo sucedido. Un símbolo religioso, una declaración de fe (?). Un comentario sobre uno de los personajes más importantes de la historia de la humanidad siguen provocando sensaciones, confrontaciones, conflictos, incomodidades, pasión. ¡Qué interesante!


Cuando nos ponemos a pensar en las religiones, nos da la sensación de que se trata de algo del pasado. Las iglesias parecieran estar vacías, los curas en peligro de extinción, mucho de lo que se predica ya no responde a la realidad contemporánea que vivimos a diario. Rápidamente podemos deducir que la gente ya no tiene fe, que la creencia es un comportamiento mitológico más vinculado a un movimiento psicológico que a una motivación trascendental. Pero, como suele suceder con los pensamientos rápidos, en estos razonamientos no se está teniendo en cuenta toda la realidad y mucho menos la complejidad del asunto. Primero no habría que confundir tan rápidamente fe, creencias, religiones y espiritualidades. Cada concepto significa una realidad distinta y compleja en sí mismo. Tampoco es acertado deducir que exista un abandono de las creencias y de la fe porque las personas han cambiado la manera de ritualizar esos pensamientos. Incluso parece muy absurdo anunciar que estamos atravesando un materialismo y un nihilismo sin precedentes en la historia de la humanidad cuando por primera vez se observa un interés significativo en todo aquello que nos permite conectar con una realidad diferente, separada y superadora del cotidiano que tanto pareciera abrumarnos.


Hoy es común encontrarse con muchísimas personas que recurren a diferentes mecanismos, rituales, experiencias trascendentales, meditaciones, etc. para buscar un poco de armonía, paz, contacto consigo mismos, con la naturaleza o, hasta incluso, encontrarle un sentido a la vida. Las nuevas experiencias que buscan la experiencia de la trascendencia y que aportan algún tipo de sentido a la realidad concreta de la persona están en pleno auge. El reiki, el yoga, las meditaciones, el mindfulness, el tarot, y un largo etcétera son la prueba cabal de la necesidad del hombre de conectar con algo que experimenta como distinto a si pero necesario.


Esto nos tiene que ayudar a pensar. Antes de salir corriendo y dejar de ver lo que puede estar detrás de esa búsqueda, es necesario interpretar y dar lugar a la pregunta (y a la experiencia) ¿Se trata de gente totalmente loca que solo busca escapar de la realidad que no les termina de hacer sentido? ¿Es la proyección de los miedos más profundos del ser humano que buscan ser silenciados? ¿Es la presencia de una fuerza superior y distinta a nosotros que nos atrae hacia sí? ¿Es la manifestación de la necesidad de cambiar un presente que nos agobia? ¿Es parte de la realidad misma del ser humano que nunca estará satisfecho con lo que tiene y con lo que es? ¿Se trata de dar lugar a la motivación de sentido que tenemos con nosotros mismos? Todas las preguntas son válidas. Lo que no nos podemos permitir es dejar de preguntarnos.


El mundo avanza. La ciencia cada día se supera a sí misma. La tecnología cada vez nos permite superarnos y ampliar el horizonte de lo conocido. Las relaciones humanas cambian y la noción de ser humano progresa. Sin embargo, hay preguntas que siguen vigentes. Sin embargo, hay caminos que sigue queriendo ser transitados. Sin embargo, hay preguntas que siguen siendo aceptadas por miles de millones de personas. Sin embargo hay una búsqueda de algo más que pareciera no ser resuelta por todo lo que ya hemos conseguido. Sin embargo, hay una tensión en nuestro interior que nos sigue poniendo en movimiento. ¿Qué es eso? ¿De qué se trata?


Muchos han planteado, plantean y difunden que las religiones y las espiritualidades responden a movimientos psicológicos del propio ser humano que no puede concebir dentro de sí la idea de finitud, de infelicidad, de plena libertad y tienen que inventarse un relato que les aporte tranquilidad. Otros no dejan de ver en estos movimientos una clara intencionalidad política que busca el sometimiento y el adoctrinamiento de los pueblos. Interpretaciones que pueden resumirse en la famosísima expresión de Marx "la religión es el opio de los pueblos"


Quizá el autor que ha llevado más al extremo pensamientos como los anteriores es Nietzsche. En su célebre manifestación "Dios ha muerto" concentra una exclamación de deseo y, para algunos, una inminente profecia: todo aquello que se viera vinculado a la existencia de una realidad diferente, separada y superior a la que vemos, conocemos y percibimos, tiene fecha de vencimiento y debe terminar. Todo lo trascendental, el mundo metafísico (más allá de lo físico) no tiene lugar en un mundo en donde los hombres puedan superar el relato mitológico y adueñarse de su propio destino.


Si con mis estudiantes me presento como católico y al comienzo de este texto no lo negué, podrán intuir un poco qué pienso yo al respecto. Me encantaría estar equivocado. A veces pienso que todo sería un poco más sencillo. Pero pese a que no puedo dejar de tener ciertas convicciones que no se mueven solo por la razón sobre algunos de los temas que estuve desarrollando, me niego a sostener y difundir mitología rancia que nos aleja de la hermosa capacidad de razonar que tenemos. Porque una cosa es tener fe, creer en algo que no podemos terminar de comprender y entender y otra, muy distinta, es renunciar al ejercicio de la madurez intelectual que, como seres pensantes, tenemos que tratar de alcanzar cada día.


Una vez alguien dijo, "pueden llegar a demostrar que todo lo que dicen que Jesús hizo no fue cierto, pueden llegar a decir que Jesús no tenía la verdad, que fue todo mentira. Y aún en ese momento, cuando me dieran a elegir entre Jesús y la verdad, seguiría, una vez más, eligiendo por Jesús" Esa experiencia me conmovió profundamente. Porque en definitiva no tengo idea si ese nazareno dijo e hizo todo lo que dicen que dijo e hizo, pero de eso se trata la fe y la creencia. De aceptar una verdad de la cual no tenemos pruebas ni certeza pero que igualmente nos sigue haciendo sentido. Quizá algún día me anime a compartir cuáles son los sentidos que me hace un mensaje que pareciera ser motivo de rechazo y de escándalo más que de aceptación. Pero por lo pronto me atrevo a pregutnarte: vos, ¿en qué crees? Y si la respuesta aparecere rapidamente por la negativa, permitime reformular: ¿por qué no podes creer?


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