Vivir para trabajar, trabajar para vivir

 

VIVIR PARA TRABAJAR, TRABAJAR PARA VIVIR

¿Cual es el sentido del trabajar?


La gente que lee este blog o que escucha los episodios del Podcast Entre Líneas es un público que se encuentra dentro del rango etario que podría considerarse y enmarcarse como "adultez emergente" Somos jóvenes adultos. Todavía no cumplimos con los requisitos estipulados por el adultocentrismo hegemónico, pero tampoco somos adolescentes. Luchamos por conciliar nuestros sueños y proyectos con la remuneración salarial que, en caso de que exista, no se acerca ni por asomo a poder satisfacer las necesidades que nos podrían aproximar al siguiente rango etario o, por lo menos, a cumplir algunos de sus requisitos más elementales como lo es la independencia económica. Esto, obviamente, genera altos niveles de ansiedad y frustración. 


Si lograste superar satisfactoriamente las tensiones existenciales del último periodo de la adolescencia y pudiste continuar con una carrera universitaria, recibirte o conseguir un primer empleo, no creas que las cuestiones más complejas de la vida adulta fueron resueltas. Parece ser que cada etapa vital tiene su propia crisis que se enmascara como desafío y que nos enfrenta permanentemente a la experiencia de la frustración o del sin sentido. 


En este texto que presento -como siempre- a modo de pensamiento público, pretendo compartir algunas de las ideas que fui hilvanando a raíz de comentarios que escucho de jóvenes adultos como yo y de adolescentes que aún no han terminado su formación secundaria, en relación al mundo laboral. Algunas preguntas que me acompañan en este momento son las siguientes: ¿cuál es el sentido del trabajo? ¿por qué tenemos que hacerlo? ¿para qué gastamos tanto tiempo en hacer cosas que no nos gustan para hacer tan poco tiempo aquellas que sí nos apasionan? ¿Es posible trabajar de algo que amas y por eso no considerarlo trabajo? ¿Por qué la precarización laboral nos hace tan pelota? ¿De verdad tenemos que dejar de pensar en la idea de jubilarnos un día? ¿Se puede ser tu propio jefe y no morir en el intento? 


Obviamente desde ya tengo que renunciar a la pretensión de abordar todos estos temas y mucho menos intentar hacerlo de forma ordenada. Pero no puedo dejar de pensar en lo mucho que puede ayudar la reflexión de estos temas a aquellas personas que tienen el deseo de poder ser más autónomos, encontrar un lugar para desplegar todo el potencial profesional que tiene, tener tranquilidad económica, y con lo único que se encuentran es con una realidad un tanto diferente a la que se plantea en la tierra del trabajo digno y genuino. 


No me interesa entrar en los motivos por los cuales existe el trabajo del modo en que lo conocemos hoy en día. Será culpa del capitalismo, del fracaso del comunismo o del pecado original de Adan y Eva, pero lo único que sabemos con certeza es que existe. Para vivir tenes que trabajar. Obviamente algunos pocos están exentos de esto, pero ese es otro tema. Por lo pronto, vos, yo y tu vecino, si no hacen algo para ganarse el mango, pierden. Creo que ganamos mucho tiempo si desde el vamos, desterramos la idea del trabajo ideal de Google, Globant o lo que fuera y asumimos la realidad del trabajo: laburar en espacios ideales, con sueldos dignos, en condiciones favorables, en lugares donde los derechos de los trabajadores se respeten y no tengas que pasar desapercibido para que te pidan más de lo que a tu función corresponde, se acerca más a la utopía que a otra cosa. Por eso tendría que dejar de sorprenderme que cada vez que el periodo de vacaciones termina, la gente se queje tanto de que tiene que volver a trabajar. 

Jornadas de nueve horas más dos o tres adicionales de viaje, no es la excepción, es casi la norma. Sueldos estrictamente por debajo de las canastas básicas y condiciones laborales precarizadas es parte del cotidiano. Turnos doble, tres trabajos, fines de semana inexistentes, es lo cotidiano. Pero a esto le tenemos que sumar otro elemento que va de la mano y por la emergencia de los anteriores, pasa desapercibido: me refiero al nulo aporte existencial que estos trabajos tienen para el trabajador. 


Una vez escuché a Juan Grabois explicar esto y me pareció fenomenal. Existen dos elementos que constituyen al hecho de trabajar: por un lado el aspecto objetivo, que responde a la pregunta ¿qué haces? - ¿A qué te dedicas? Es decir, cuál es la tarea que tienes a cargo. En mi caso, por ejemplo, sería dar clases. Pero este aspecto está acompañado del segundo elemento: el aspecto subjetivo del trabajo. Ahora no respondemos sobre el qué, sino que nos concentramos sobre el aporte existencial que este trabajo tiene sobre la persona del trabajador. La tarea que realizas, ¿te resulta existencialmente significativa? ¿aporta valor a tu vida? Este elemento es indispensable para comprender la distinción del título de este texto. En el valor subjetivo del trabajo se aprecia la diferencia entre trabajar para vivir o vivir para trabajar. 


Yo siempre comparto a mis estudiantes que tengo el privilegio de dedicarme a hacer algo que amo y que encima me pagan por ello. Pero esto no es lo común. Ya lo dijeron mucho antes que yo: la necesidad tiene cara de hereje. Aquí la herejía se transforma en trabajos odiados, en condiciones de vida indignas y en un padecimiento silencioso y cotidiano por cientos de miles de personas que desearían poder hacer otra cosa. 


Escuchaba nuevamente el otro día a alguien decir "si queres de verdad, podes" y ahora que estamos en campaña un sector de la política recorre los mismos canales repitiendo una y otra vez "eliminar los planes para dar trabajo real y genuino" confundiendo -a propósito- toda distinción entre empleo y trabajo, desconociendo la realidad de casi la totalidad de los trabajadores. Cada vez que me acuerdo de eso, intento pensar en Salustiano. Un albañil que trabajó en casa un tiempo. Me pidió venir a las 6am para trabajar el mayor tiempo posible con bajas temperaturas. Le dije que sí obvio, pero igualmente se iba a las 17 hs. Le pedí por favor que hiciera jornadas más breves, que tardará lo que tardará no importaba. Me contó cómo se organiza él. Cuando lo llaman para hacer un trabajo, intenta ir siempre la misma semana, como la gente quiere todo ya, si no va rápido a ver y a pasar presupuesto, llaman a otro. Por eso prefiere trabajar más horas y así terminar más rápido cada trabajo. Lo que más me impactó fue saber su "rutina" diaria. Un día se estaba yendo y le pregunté cómo seguía su día. Me dijo "ahora llego, si tengo agua me baño, juego un rato con mi hija y a las 19hs me voy a dormir" Claro, ya eran las 17hs y al otro día a las 5am ya se levantaba. Ahí comprendí que Salustiano vive solo para trabajar. 


Esta historia no es para sensibilizar a nadie. Y menos para darle fuerza a mi argumento. Es solo para contrastar con la realidad con la que solemos estar en contacto nosotros. Muy probablemente en tu familia no haya nadie que lleve el ritmo de vida de Salustiano, pero te invito a hacer este ejercicio: observa el rostro de algún familiar tuyo cuando vuelve de trabajar. Si te animas, preguntales si su trabajo le gusta, si es feliz. Y no dejes de hacerte estas mismas preguntas vos también. 


No se si la solución está en ser tu propio jefe, o armar la revolución y empezar con las huelgas para mejorar las condiciones de trabajo. No tengo idea. Pero se que algo pequeño pero profundamente significativo se puede hacer y es prestarnos más atención. Aquel aspecto subjetivo del que hablaba antes, no nace de la nada y no se encuentra en todos lados. Hay que buscarlo, construirlo, protegerlo y ayudarlo a crecer. Esa es nuestra tarea como jóvenes adultos que estamos fabricando nuestro presente y nuestro futuro. Darle un recreo a los mandatos, ponerle pausa a la ansiedad de tener todo resuelto ya y mirar con más amor a aquello que vamos sintiendo, puede ser un buen primer paso. 


Alguien me dijo una vez que pensar en la jubilación era un pensamiento muy pobre. Hoy en día si quieres vivir dignamente tu ancianidad, no pienses en jubilarse sino en generar ingresos estables para el resto de la vida. Solo puedo pensar que el contenido económico de la vida a veces consume más lugar del que debería. Si me conoces, sabes que el buen pasar económico me interesa -y mucho- pero cada día estoy más cerca de pensar que hay otros valores tanto o más importantes que eso. Puedo tener ingresos en la cuenta de ahorro cada cinco días y vivir de los intereses de mis acciones y plazos fijos, pero cierto aspecto existencial de la vida se encuentra en desplegar aquello que surge de dentro y que nos invita a encontrar ese lugar que ansiamos. 


Pienso en mi jubilación o retiro y me da angustia. No quiero dedicarme a algo durante cuarenta años para que vengan a decirme que ya no más. Por eso no entro en la lógica de la productividad o de acumular riquezas. Prefiero pensar que esto que llamamos vida, consiste en poder hacer lo que amas, amar lo que haces y poder compartirlo con quien amas. Muy pretensioso y poético, bastante alejado de la realidad, pero estoy seguro que falta poco para que sea realidad y finalmente la vida sea más que el trabajo.


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