Escuchar, no callar

 ESCUCHAR, NO CALLAR

Josep Otón Catalán


El silencio expresa lo que no se puede decir con palabras: respeto, asombro, estimación o alegría. Además, es un descanso. (...) Pero puede ser un placer egoísta, un pequeño lujo al servicio de nuestro bienestar. También es la respuesta insolidaria a tanto sufrimiento. Callar es una manera de consentir, de aceptar lo que es, por muy injusto que sea. Es la voz del cruel desinterés por los problemas ajenos. 

El silencio puede llegar a ser un castigo o un tormento. Cuando se aísla a alguien y se le retira la palabra, el silencio se convierte en el sonido de la soledad y en el portavoz de la indiferencia. (...)

El silencio nos aleja del bullicio que nos impide captar el pulso de la realidad. Guiados por el silencio, escuchamos el sonido de la vida, la voz auténtica de nuestro interior. Alejados de lo superfluo, es posible percibir lo esencial. Al dar la espalda al alboroto de la banalidad, resuena en nosotros los latidos de la vida. El silencio nos introduce con sutileza en lo constitutivo de la existencia. Nos adentra en nuestro abismo interior donde apenas se escucha, como un rumor, la palabra que da sentido a nuestra identidad y nos hace entender el mensaje oculto en los ruidos de la realidad. Entonces el silencio se convierte en plenitud.

Callar para escuchar. (...) El silencio es la condición previa a la escucha. El silencio es fundamental para escucharnos a nosotros mismos. Sin la tabula rasa del silencio, no podemos oírnos. Escuchar nuestro interior no es asistir al espectáculo de nuestros monólogos mentales, ni intervenir en ellos para generar un diálogo virtual.

Oímos voces internas, algunas muy estridentes; sin embargo, no somos nosotros. Son nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras pesadillas, nuestros egoísmos... pero no la voz profunda de nuestro ser. En el bullicio interior resulta difícil percibir esa voz. En ocasiones no es más que un susurro, una confidencia casi imperceptible, dicha con timidez.

El murmullo de la diversidad de pareceres de nuestro interior interfiere en esta comunicación con nosotros mismos. Confundimos nuestros soliloquios con la voz que procede de nuestra profundidad más auténtica. Nos llegan quejas, acusaciones, adulaciones, proyectos impracticables... y los confundimos con nuestra voz.

En realidad, se trata de voces invasoras, ecos de experiencias lejanas amplificadas por la fantasía, mecanismos de defensa que pretenden protegernos de nuestras debilidades. Pero tras la disciplina del silencio, tras acallar este vocerío desconcertante, se va abriendo paso lo más genuino de nosotros. El silencio es el camino a través del cual se manifiesta lo profundo del ser.

El silencio también es la condición de posibilidad del diálogo. En una discusión normalmente no estamos receptivos a la opinión del otro, porque, si estuviéramos pendientes de lo que dice, seríamos incapaces de articular nuestro discurso. En la rapidez del debate es imposible escuchar, atender a los argumentos ajenos y, a la vez, elaborar nuestra opinión.

(...) En ocasiones, el otro con quien estamos hablando no es más que una excusa, un espejo donde queremos ver reflejada nuestra valía. Poco nos importa lo que nos diga, porque nos preocupa cómo reacciona a lo que nosotros decimos. El silencio puede ser, aunque no siempre lo sea, un antídoto frente a este problema de incomunicación. Nos ayuda a descentrarnos, a despojarnos de nuestras ideas previas, a desprendernos de nuestros prejuicios para que nada, o lo mínimo posible, interfiera en la relación.

Purificados en el crisol del silencio, acalladas las voces díscolas, estaremos en mejor disposición de acoger lo que el otro comparte. Podremos interpretar mejor sus palabras, sus gestos y sus silencios. (...) El silencio nos abre por dentro para reducir la distancia que nos separa del otro.

En esta apertura que nos aporta el silencio estamos en disposición de escuchar la realidad. Podemos distinguir, en medio del griterío de los acontecimientos, el eco de la vida, la voz profunda del rumbo de la historia, el sentido de cuanto acontece, pero, sobre todo, el lamento de los que sufren, habitualmente silenciado por el jolgorio de los intereses hedonistas.

Así, en silencio, podemos percibir lo que es realmente relevante. (...) En esta búsqueda de lo profundo, el silencio nos adentra en los dominios de lo trascendente. Alejados de la superficie es posible percibir lo profundo. Al dar la espalda a la seducción de lo trivial podemos captar los latidos del ser. El silencio nos adentra con sigilo en la esencia de la vida. 


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