« Gracias a Dios "la escuela católica es una fábrica de ateos" »

«GRACIAS A DIOS "LA ESCUELA CATÓLICA ES UNA FÁBRICA DE ATEOS"»

Una reflexión sobre cómo entendemos la escuela y sus consecuencias espirituales.


Pienso en la escuela, lugar donde trabajo y paso gran parte del día, y no logro superar la intuición de que, así como está, sufre moribunda en terapia intensiva. El resultado de su inminente fallecimiento no será- probablemente- su desaparición, sino el rotundo fracaso del sistema educativo y, por tanto, la hipoteca más cara del mundo para el futuro de los estudiantes. 

En muchas reflexiones anteriores mencioné la importancia que ocupa la educación espiritual, desde mi marco de referencia, en el universo educativo. No se trata de discutir aquí cuál de las tantas religiones o espiritualidades que quieren apropiarse del monopolio de Dios tiene razón, sino de descubrir que mientras menos importancia se le dé al espectro existencial del ser humano, mayores serán las consecuencias teóricas y pragmáticas para la sociedad toda. Una educación desvinculada de la atención del ser espiritual de la persona -que sea dicho de paso viene a ser la vinculación esencial en y entre el ser humano todo- no puede ser llamada educación. Quizá, y con más dudas que certezas, podríamos convenir en llamarla "formación profesional". 

Ahora bien, no bastaría con que nos pongamos de acuerdo en que la educación espiritual es suficiente. Educación que puede transcribirse de diversos modos según cómo se entienda la dimensión en cuestión de la persona humana. Ni tampoco en dedicar algunas cuantas horas de la currícula a materias que los estudiantes poco valor le atribuyen. Sino que debe debatirse el sentido profundo de estas cuestiones, analizar el trasfondo teórico y entender que más que un espacio específico para este aspecto de la educación, se debe entender a la educación en general, y por tanto al colegio, como un espacio de educación espiritual. Siendo así cierta y más comprensible la afirmación que quiero compartir a través de este texto: es de la propuesta pedagógica y didáctica que hacemos en nuestros colegios de donde nace la invitación espiritual que le ofrecemos a nuestros estudiantes para que asuman y desarrollen la dimensión más importante del ser humano. 

Por esta misma razón, no tengo dificultad en afirmar que estoy de acuerdo con aquella frase que seguramente los que pertenecemos al ámbito católico hemos escuchado, pero con la sutil y controversial diferencia que modifica sustancialmente el contenido: «gracias a Dios, "la escuela es una fábrica de ateos"» Ya que, con el modelo pedagógico que siguen nuestras escuelas clásicas, prefiero -nótese el carácter estrictamente personal de la afirmación-rotundamente estudiantes que no se identifiquen con la propuesta espiritual que de ella se desprende. Dicho de otro modo: nuestra propuesta pedagógica -sea del ámbito que sea-  habilita un tipo de espiritualidad y de formación trascendental que considero, en principio, poco entusiasmarte y significativa para los estudiantes, y fundamentalmente irreal, infantil y por sobre todas las cosas, alienante. 

Cada una de las expresiones mencionadas en el párrafo anterior necesitan ser aclaradas y desarrolladas detalladamente. Respetando el tiempo y el espacio de este texto, me propongo avanzar con la cuestión, con la esperanza de aclarar los puntos más difíciles de visualizar con ejemplos claros y específicos. 

Le preguntaron a Carl Rogers en una entrevista qué cambiaria del sistema educativo si tuviese una varita mágica. Se limitó a responder que cambiaría el modo de vinculación entre estudiantes y docentes. Más específicamente: "haría que todos los docentes se olvidaran de sus técnicas para enseñar y así solo se quedarían con su ser persona" Esto corresponde a la corriente que podríamos llamar con cierta licencia terminológica "educación centrada en el estudiante" Analicemos esto un momento: 

Dentro de la multiplicidad de propuestas pedagógicas y de escuelas que existen, podemos arbitrariamente postular la existencia de tres grandes grupos: la escuela tradicional o clásica, la escuela crítica o disruptiva y una multiplicidad de grises que vacilan de un extremo al otro. Las diferencias entre los extremos son evidentes por si mismas pero nos proponemos  establecer cuatro diferencias que resultan significativas para el presente texto: 1) la centralidad de la mirada, 2) el control y el castigo, 3) el vínculo pedagógico y 4) contenidos significativos.

1) Quizá sea este el punto más abstracto de los cuatro, pero resulta ser el que abarca de forma sintética a los otros tres restantes. Se trata de reflexionar sobre dónde se pone la mirada a la hora de pensar la escuela. Una posibilidad es centrar la mirada sobre los contenidos, las obligaciones académicas, que establece parámetros objetivos a cumplir y alcanzar; o por el contrario, centrar la mirada en el estudiante, en la persona. En este segundo caso, lo dicho anteriormente no pierde importancia ni se deja de tener en cuenta, pero se aborda desde la singularidad de cada estudiante. Por lo mismo, ya no se persiguen objetivos abstractos o despersonalizados, sino que se piensa en la persona, en su necesidad concreta, en sus intereses particulares y en lo que en ésta circunstancia concreta puede ayudarle y servirle para su trayectoria escolar personal. 

2) Ahora bien, no solo interesa que la mirada para el proyecto educativo esté centrada en la trayectoria de cada estudiante, sino que corresponde también pensar de qué modo se mira y la valorización que hacemos de cada uno de ellos. Si creemos que nuestros estudiantes son personas dignas de confianza, cuya esencia y modo de ser son buenos en sí mismo y que los errores que pudiesen cometer deben ser analizados situacionalmente, podremos proponer una mirada que no se centralice en el control para evitar disturbios, problemas, etc. sino más bien una mirada que permita tener la confianza que todo vínculo pedagógico necesita para ser efectivo. Una mirada negativa de las potencialidades del estudiantes generan que la planificación y la intencionalidad pedagógica se enmarquen desde el miedo y, por tanto, se termina proponiendo un modelo punitivo que busca castigar a quien no cumple, en lugar de entrever las causalidades posibles que ayuden a comprender las manifestaciones que quedan por fuera de los acuerdos establecidos. Cuando pensamos en nuestros estudiantes, ¿Qué valorización hacemos e ellos? 

3) Si nos adentramos en el aula -aunque aplica para toda la estructura escolar- otro de los elementos que hay que desarticular si queremos transformar el sistema educativo, es el problema de las asimetrías. Durante décadas se pensó al docente como el gurú de la sabiduría. Un personaje inalcanzable al que se le debe respeto por ser el portador del conocimiento. Cuestionar sus contenidos o su forma de transmitirlos, por más respetuoso que sea el planteo, te encasillaba dentro de "los problemáticos". Por el contrario, es indispensable poder transformar esta realidad, aun presente, por una en la que el docente más que el vertedor del conocimiento sobre los recipientes vacíos -en resumen, los estudiantes- sea quien facilite el despliegue de las potencialidades de cada uno de ellos. La mirada adulta es fundamental para aquello en lo que los estudiantes necesitan de esa mirada. Pero es absolutamente improductiva cuando lo único que establece son diferencias injustificadas y por consiguiente, derechos y obligaciones distintas por el simple hecho de ser docentes. Esto es evidente dentro del aula, pero se observa en todo el ambiente escolar. Destruir las asimetrías es permitirle a los estudiantes que sean ellos mismos, que se den el privilegio de poder actuar y vincularse con la persona del docente. Más teniendo en cuenta que el motivo que fundamenta estas diferencias arcaicas e insostenibles, ya están al alcance de cada uno de los estudiantes con tal solo desbloquear sus teléfonos. 

4) Un docente que se anima a ser disruptivo y novedoso en el modo de vincularse con sus estudiantes puede, por ejemplo, concentrar toda su energía en conocer personalmente a cada uno de sus alumnos y así ofrecer contenidos que resulten significativos para la singularidad de cada uno de ellos. Alguien podría objetar que con la cantidad de alumnos que cada docente tiene, esto es una tarea imposible. Tendría razón si no fuese por la infinidad de recursos que tiene cada profesor a su disposición para hacer que esta propuesta sea una realidad. Basta mencionar sencillamente el hecho de validar y permitir que el estudiante sepa más sobre el contenido que el mismo adulto. Logrando con esto que la tarea del docente no sea la de instruir o la de volcar información sobre alguien, sino la de ser facilitador del aprendizaje, marcando estrategias de lectura, de estudio, herramientas para transformar la información en conocimiento, etc. Si el contenido que se ofrece en el espacio no es significativo para el estudiante, no existe vínculo pedagógico posible y creo que no exagero al afirmar que se trata del problema base de la situación educativa presente.

¿A qué conclusión llegamos con todo esto? A que del modelo pedagógico que bridamos a nuestros estudiantes, se desprende la propuesta espiritual que podremos ofrecer. Por eso, la afirmación inicial. Si nuestros colegios siguen parados desde el enfoque tradicional, punitivo, meritocrático, centrado en el poder y en el control, lo mejor que podemos esperar, lo más sano que puede resultar de ello, es que nuestros estudiantes hagan una opción por el ateísmo.  Porque estaremos facilitando una imagen de dios punitiva, meritocrática, controladora y manipuladora. Por el contrario si nuestros esfuerzos se concentran en poder ser facilitadores del aprendizaje, donde la atención la tengan los verdaderos sujetos de la educación, si nos concentramos en sus intereses, y nuestros objetivos se focalizan en la singularidad de cada estudiante, si la mirada en relación a lo convivencial no es el temor, la desconfianza, el premio y el castigo, sino el acompañamiento de cada trayectoria que desea manifestarse incluso a través de lo controversial y lo no permitido, y un sin fin de etcétera, podremos habilitar la experiencia de la trascendencia a través de una imagen de Dios que está en mayor contacto teologal con la forma de ser de Dios, que es la manifestada por Cristo en el Evangelio. 

Nuestro hacer escuela y nuestra propuesta pedagógica no se vincula únicamente a cuestiones académicas. Estamos en relación permanente con el ser existencial y singular de cada estudiante Por tal motivo, su dimensión trascendental que le da lugar a la interioridad y a la dimensión religiosas forma también parte de nuestra responsabilidad. La espiritualidad de los estudiantes depende, en gran medida, de la propuesta pedagógica del Colegio que termina validando o invalidando el desarrollo de esa misma dimensión esencial de la persona humana.

Yo por lo pronto, pretendo que mis espacios de clases sean facilitadores del aprendizaje desde la ruptura del modelo tradicional. Porque mi objetivo no es otro que un verdadero encuentro significativo a través de la experiencia de lo trascendental. Y no estoy dispuesto a traicionar a mis estudiantes con imágenes falsas o distorsionadas a pesar de que, paradójicamente, ello facilite muchísimo mi trabajo. 










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