“LA ESCUELA ROTA”

Cuando ya nada funciona y cambiar todo parece imposible

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En estas últimas semanas sentí una fuerte frustración laboral. Como muchos saben, me dedico a la docencia en colegios secundarios. Después de varios años frente a cursos de diversas edades, pude experimentar por primera vez que estaba haciendo mal mi tarea. Todavía lo sigo pensando. Consultando con algunos colegas, intentaban -creo yo- darme una suerte de consuelo diciendo "bienvenido a la docencia" o frases semejantes. Sin embargo, mi problema no es con la docencia. El problema es conmigo mismo. 

En concreto y para no generar fantasías sobre lo sucedido, sencillamente recurrí a métodos punitivos y poco pedagógicos -contra los cuales me manifesté en reiteradas oportunidades en contra y con los cuales creía luchar en mi tarea diaria- para poder encauzar el comportamiento de tres cursos que estaban descontrolados. 

Por eso hace unos cuantos días siento esta frustración: estoy experimentando que aquello que creía que era innovadoramente necesario, el cambio de paradigma en lo pedagógico, generar una propuesta que no se centrara en la evaluación, proponer un vínculo cercano y de confianza con los estudiantes, ya no servía. Por momentos generé un clima de hasta cierta hostilidad para contrarrestar el desmadre que se había generado y me concentré en una propuesta amenazante que generara miedo para lograr mi objetivo. 

La peor parte es que funcionó. Frente a la inminente evaluación y frente a la posibilidad de tener que rendir en diciembre todo el contenido del programa, la actitud de mis estudiantes cambió. Pero ojo, no es que logré convocarlos. No. Sencillamente callaron su efusividad para dar lugar a la voz del docente que quería dar clase. Varios dormían, varios usaban el celular, otros tenían cara de presidiario y dos o tres me escuchaban y participaban. Había logrado que se calmaran, pero no había generado un espacio pedagógico. 

De allí surge el título y el subtítulo de esta reflexión. La escuela está rota. Parece que ya nada sirve. Cada vez estoy más convencido de que es necesario romper todo de verdad y volver a empezar de cero. Todo lo que está propuesto debe ser modificado. Los estudiantes no quieren estar en el aula, no les interesa la propuesta, sufren y aguantan el ir al colegio. Y nuestra respuesta -mi respuesta- es obligarlos a que les interese. O mejor dicho a que no molesten si no les importa. 

¿No quería, hace tiempo, formar personas con pensamiento crítico que supieran sublevarse frente a las injusticias y atropellos? Que raro. Ahora que lo hacen, me molesta. ¿Será porque el lenguaje con el que se manifiestan es incomprensible para mi? Cada vez entiendo menos mi trabajo. 

En resumen. Cada día que pasa me doy cuenta que el equivocado soy soy. Les estoy exigiendo cosas que están en contra de su propia naturaleza. Por eso tengo que pedirles perdón y volver a intentarlo. No tengo idea qué voy a hacer, qué estrategia voy a implementar. No tengo recursos para convocarlos. Pero el camino que utilicé en estos días estoy convencido de que no es el conveniente. 

Creo que escribiendo esto me surgió una idea: tengo que hacer el duelo del docente que me gustaría ser pero que los chicos hoy no necesitan. Y esforzarme por decodificar el proceso que esos estudiantes están haciendo y acompañar desde el lugar que esperan ser acompañados. 

Gracias por la paciencia y por ayudarme a pensar. Otra vez en el escribir, está es la respuesta.

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