“ELEGIR CÓMO MORIR, PARA VIVIR COMO QUEREMOS”

 “ELEGIR CÓMO MORIR, PARA VIVIR COMO QUEREMOS”

Una reflexión sobre la muerte, el suicidio y la eutanasia, para pensar la vida.


J.K. Rowling en "Los cuentos de Beedle el Bardo" narra la fabula de "Los tres hermanos". Hacia el final de la historia, cuando el último de los tres muere, la autora dice que recibió a la muerte como "una vieja amiga". Por otro lado, en la película "La leyenda del tesoro perdido" de Jon Turteltaub hacen referencia a la muerte como "la deuda que todo hombre paga".

Estas dos expresiones dejan en evidencia la dicotomía en la que podemos caer cuando reflexionamos sobre la muerte. Por un lado, la amistad con aquello que resulta impostergable, pero por otro, la devolución de aquello que nos fue dado. Esta segunda forma de interpretarla podría mostrar que el hombre lleva consigo algo que no es suyo durante toda su existencia y que al final del recorrido se le es quitado o, en el mejor de los casos, es entregado como un deudor debe hacer para con su acreedor. 

Siendo este un tema que a priori se presenta como irresoluble, me pregunto el motivo por el cual la muerte sigue siendo -como lo ha sido desde siempre- un tema de debate y reflexión que nos sumerge en la profundidad de la existencia de una forma casi innegociable. Razón por la cual, quizá, algunos evitan hablar del tema. Muchísimos pensadores, filósofos, religiones, espiritualidades, han desarrollado el tema y han ofrecido meditaciones profundísimas para comprender de una forma más acabada el tema. Sin embargo, siendo que uno mismo nunca experimenta su propia muerte, sino que vive la de los demás, tenemos que asumir la triste -o alegre- realidad de que por más que nos esforcemos, a la vuelta de la esquina podemos cruzarnos con la hermana a la que nos da miedo mencionar. 

Parece una obviedad afirmar que existen muertes traumáticas, inesperadas e incluso injustas que nos llevan a pensar en la responsabilidad que el hombre tiene en sus manos. Así como elegimos sobre nuestros propios destinos, podemos ser los actores fundamentales en el término de la vida de otros. E incluso podemos llegar a ser quienes causemos que una persona viviendo, deje de vivir. Es en este momento en el que quizá nos convenga pensar una curiosidad más en relación a la muerte. 

Cada vez que nos emprendemos en el viaje de pensar a la muerte, surgen ideas como "disfrutemos la vida, porque hoy estamos y mañana no" Es decir, suele sucedernos que al pensar a la muerte, terminemos reflexionando en contraposición sobre la vida y terminemos afirmando, implícita o explícitamente, que la vida es el bien supremo que debemos custodiar. Incluso aquellos que creen en una vida después de la muerte, no le restan valor e importancia a la vida que tenemos ahora, porque en definitiva la vida que esperan depende de lo que hagan en esta que ya tienen.

Pensar a la vida como el bien supremo al que todos debemos defender nos lleva a considerar, por ejemplo, a las personas que se quitan la vida, como personas que no llegaron a descubrir o a anteponer el valor fundamental de la vida por sobre las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Alguna vez escuché -y creo que también dije- que no era correcto preguntar ¿por qué lo hizo? frente a un suicido porque -supuestamente- no habría razón que justificara, fundamentara o diera lugar a pensar al suicido como una alternativa que deba ser considerada. 

Algo semejante sucede con la eutanasia. ¿Y si algún día despierta? - ¿Y si al final se termina curando? ¿Y si lo seguimos intentando? En este último tiempo, desde que me interese por este tema -gracias a mi amigo Lucas que me envolvió en el debate- escuché infinidad de discursos, conferencias y charlas sobre el tema. Todavía me queda el resabio de interpretar que aquellos que están en contra de la eutanasia lo hacen en favor de la defensa de la vida, de los derechos y de las posibilidades que aún tiene la persona agonizante o terminalmente enferma.

Como digo siempre, con cierto temblor y temor, me atrevo a dar mi prematura, impertinente y poco profesional opinión sobre este tema que se hace imposible, inicialmente, pensar con la profundidad que merece por la infinidad de aristas que presenta. 

No puedo observar en aquellos que deciden quitarse la vida, o en aquellos que deciden que el camino que conduce al término del dolor es la eutanasia, un rechazo a la vida o un atentado contra el bien que algunos abogan defender. Sencillamente -siendo algo indiscutiblemente complejísimo- no desean continuar con la vida que están llevando. Por supuesto las razones que llevan a una persona a quitarse la vida son múltiples y proponer una generalización sobre estas cuestiones no es otra cosa que afirmar una injusticia. Por eso es importante resaltar que estamos haciendo referencia en este punto en concreto a las personas que por elección libre y voluntaria deciden que quieren dar termino a su vida y no a aquellos que se ven "obligados" a hacerlo porque no descubren otra alternativa válida y posible. 

Uno de los misterios que más tinta ha gastado -invertido- es el que reposa sobre el sentido de la vida. Las razones fundamentales de nuestra existencia todavía permanecen ocultos. Incluso podríamos pensar en lo estúpido que resulta hablar de un sentido frente a la infinita e inagotable riqueza que emana de la individualidad y subjetividad del ser humano. No existen -y creo que no existirán- frases e ideas que resuelvan estas cuestiones. Por tal motivo, siendo algo indescifrable e insaciable, ¿por qué pretendemos entender a aquellos que deciden que sus vidas ya no tienen sentido o que lo han alcanzado? ¿Acaso el sentido que nosotros encontramos es trasladable y comunicable? 

Posiblemente -y lo planteo como una intuición muy profunda, no como certeza- el problema más significativo del suicido no es el suicido como tal, sino lo traumático que resulta. No para quien decide que su vida ya no debe continuar, sino para aquellos que deben enfrentarse a la escena desgarradora de encontrarse con un ser querido que decidió sufrir silenciosamente hasta conseguir dormir para siempre. Cabe mencionar aquí lo importante que resulta esa escena para el suicida, porque la pregunta sigue latente ¿el suicidio es para uno o para los demás que siguen luego del termino de la vida? 

Por eso hablamos del suicido asistido. ¿No será una alternativa para mitigar el dolor causado por lo traumático que resulta el suicidio? Asistencia para que la persona obtenga las herramientas que necesita para ser verdaderamente libre a la hora de elegir y aquellos que deciden acompañar su decisión no sufran el tener que enterarse cuando la decisión ya haya sido tomada. 

Creo que las personas pueden decidir libre y voluntariamente que ya no quieren vivir. El suicido -repito a modo de intuición- no resultaría traumático si la forma en que obligamos a que se realice fuera otra. ¿Quién de ustedes que me están leyendo, se anima a afirmar con asertividad que alguien puede asegurar que otro esta obligado a seguir existiendo cuando no es su deseo hacerlo? ¿Quién piensa que se puede obligar a alguien a seguir padeciendo una existencia solo por defender un bien supremo -como el de la vida- cuando el que quiere terminar con la suya ya no la considera como tal? Si alguien argumentase que lo vivido le resulta suficiente para haber experimentado la incertidumbre, la contradicción y el sin sentido de la existencia, y por tal motivo decide que hasta aquí ha llegado, ¿qué podemos objetarle? Y si por el contrario alguien afirmara que lo vivido le resulta suficiente para comprender el milagro que resulta el estar vivo y que por ello prefiere quedarse con lo experimentado ¿podríamos decir que esta equivocado sólo por pensar distinto?

Lo mencionaba anteriormente pero creo que, para evitar posibles objeciones bien intencionadas, conviene reafirmar que estamos haciendo referencia a personas que están decidiendo en libertad, a consciencia y voluntad. Creo que es posible decidir bajo estos parámetros. Por tal motivo decía que, si trabajásemos la cuestión de forma distinta, no solo evitaríamos lo traumático que resulta el modo en que hoy las personas deciden terminar con su vida, sino que también podríamos, quizá, procurar que aquellos que están pensando en esa alternativa para terminar con su existencia sin quererlo completamente y sin considerar alternativas, sino que lo que desean sencillamente es otra cuestión o manifiestan a través de ello una fuerte necesidad, puedan recibir la ayuda necesaria para poder actuar conforme en verdad quieren y desean. Por eso es fundamental siempre poder ofrecer el convertir ciertas afirmaciones que podemos llegar a oír con mucho seguridad en pregunta, para que la persona piense en verdad y sinceridad lo que esta afirmando.

¿Y con la eutanasia? No es demasiado diferente el punto de vista que tengo. Frente al dolor inevitable y a la búsqueda de la paz que quizá alguna enfermedad les haya robado, creo y sostengo enfáticamente que muchas personas padecientes tiene derecho a renunciar al dolor, pese a que ello conlleve renunciar al seguir viviendo. ¿Acaso la vida termina sencillamente cuando el corazón deja enviar sangre oxigenada al resto del cuerpo? ¿Vida únicamente es aquello que se define por el funcionamiento de alguno de nuestros órganos? ¿Qué es vivir? ¿Cuándo dejamos de vivir? Algunos consideran que las personas que recurren a la eutanasia no quieren renunciar a al vida, sino que quieren dejar de sufrir. Pero volvemos a la misma cuestión existencial a la que hacíamos referencia de otro modo anteriormente. No deja de ser un planteamiento utópico que no tiene en cuenta la realidad concreta de esa persona. ¿Por qué? Porque la vida de esa persona no se entiende sin el sufrimiento y el dolor que le causa la enfermedad. Probablemente no quiera renunciar a la vida, pero no puede renunciar al dolor sin que esto le cueste su existencia. Frente a esta realidad, creo que solo nos queda una herramienta y una actitud: el silencio y la compañía, respectivamente.

De aquí el nombre que elegimos para esta reflexión. Quizá poder elegir cómo queremos morir sea una interesante propuesta para comenzar a pensar el modo en que queremos vivir. Porque en definitiva, pensar en terminar con nuestra vida porque ya no estamos viviendo, nos lleva a pensar qué estilo de vida es el que elegimos para vivir. Pese a lo trabada que puede resultar la lectura de estas ultimas oraciones por la repetición -adrede- de palabras, creo que la idea fundamental llega a vislumbrarse, que como siempre es mejor formularla en pregunta: ¿será que existen entonces tantos modos de elegir como vivir cuantas personas viven? ¿Será entonces legitimo elegir ya no vivir? ¿Podremos entonces un día evitar aquellos suicidios que no tenían que ser y por fin dar lugar a los que deberían, pero no son por querer evitar lo traumático que su existencia puede resultar para sus cercanos? Cuando quizá logremos descubrir que algunas existencias ya no pueden ser consideradas vidas, ni por los propios dueños ni por los ajenos, quizá el suicidio asistido y la eutanasia empiecen a ser temas que se hablen en las agendas donde se planifican tantos otros que relevancia menor contienen.

Para concluir. No creo que haya desarrollado prolijamente lo que pienso sobre este tema. Incluso no creo haber alcanzado la claridad que quizá tengo en mi mente sobre estas cuestiones. Sencillamente quise escribir esta reflexión porque necesitaba registrar lo que durante este ultimo tiempo estuve pensando. No afirmo tener la razón, ni mucho menos la verdad, pero si creo que escuchar muchas opiniones sobre lo aquí escrito me ayudó a darme cuenta que ya no estaba pensando lo que estaba sosteniendo y por eso espero que si algo te incomodo de lo que leíste, no te enojes conmigo sino que piensen por qué motivo mi punto de vista no termina de convencerte. Quizá no se trate ver quien tiene razón, sino de poder descubrir la mejor forma de acompañar(nos) a todos los que nos cuestionamos la existencia.



* Gracias Lucas por introducirme en el tema. 
* Gracias Pipa por incitarme a seguir escribiendo. 
* Gracias Fer por ayudarme a pensar. 

Comentarios

  1. Recontra interesante! Creo que al ser un tema tan obvio y a la vez tan desconocido, como es la muerte, nunca nos va a satisfacer ninguna respuesta, solo van a ir creciendo los interrogantes. Le damos tanta importancia la muerte, que nos olvidamos de vivir. Y a su vez llevamos una vida tan cargada de restricciones, fronteras, barreras, mandatos, que la muerte nos parece algo terrorífico, algo alejado, cosa que no es para nada así.

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